CARME ©Geraldine Leloutre

LAS FRONTERAS. QUE NO SEA DEMASIADO TARDE.
Carme Portaceli


El teatro es el hogar y los y las grandes creadoras lo saben y por eso vuelven, vuelven como sea a deambular
por los escenarios, vivas, vivos o muertos, pero la certeza es que vuelven a él y lo ansían como Odiseo a Ítaca.

Ingmar Bergman

 

Volvemos a estar muy orgullosos de cómo ha ido esta temporada que finaliza. Una temporada marcada de nuevo por el deseo de dejarnos impregnar por la diversidad de las propuestas y la rica creación de Madrid, de crecer y enriquecernos con sus creadores y creadoras; con una mirada múltiple e integradora que nos lleva a acoger al mayor número posible de artistas y tendencias diversas, de tener un Español paritario. Y como siempre con la Hospitalidad como línea de conducta.

Si bien la temporada pasada habíamos doblado nuestra propia ocupación, ya incrementada en un 67% respecto a mi llegada al Español en octubre de 2016, ahora ha crecido mucho más llenando nuestras dos salas; nuevamente, a lo largo del año, hemos dado trabajo a medio millar de personas entre intérpretes y personal artístico sin contar las pequeñas empresas, que se han visto beneficiadas al colaborar con el Teatro Español. Y podemos decir con orgullo que en la temporada 18/19 hemos tenido 104.327 espectadores.

Hemos aumentado las actividades paralelas porque pensamos que es esencial tejer puentes entre la programación y los temas que de esta emergen y entre entes culturales de la ciudad. Estas actividades
han despertado también mucho interés. Y eso aún nos ayuda más a que nuestro teatro sea un lugar de encuentro. 


Para nosotros es muy importante saber que el público de Madrid está interesado en nuestras propuestas, no tanto por la recaudación, que también es algo a tener en cuenta porque estamos trabajando
con dinero público, sino por el impacto social que tiene lo que desde el Español compartimos con los y las ciudadanas de Madrid y de los otros lugares desde los que nos vienen a ver. 

Como decía Bergman, el objetivo de un teatro debería ser siempre transportar a su público al valle del asombro, que no se encuentre con lugares comunes sino que vivan una experiencia sorprendente.  La vida es un compendio de misterios que el teatro ha de revelar. 

Atravesamos un periodo de oscuridad en el que las personas tenemos muy complicado encontrar nuestro camino. Todo es confusión. Hace falta luz, pero nadie sabemos de dónde traerla, aunque muchos profetas alcen su voz vendiendo soluciones mágicas. Este año dedicamos la temporada a Las Fronteras. De hecho el escenario ya es una frontera entre la vida real y otras ventanas que nos muestran otras cosas, otras ópticas, haciéndonos llorar, reír, disfrutar, olvidar nuestra cotidianidad, abducirnos durante un rato en un mundo que parece el nuestro pero que no lo es. 

Leí hace poco que el gran problema del ser humano contemporáneo es la deshumanización. Creíamos que algún día las máquinas nos controlarían y, sin embargo, somos nosotros los que nos vamos convirtiendo en máquinas. Ya somos autómatas que venden a diario la empatía a cambio de un nuevo móvil, a cambio de ropa de marca, de un like, de noches de marcha descontrolada hasta la inconsciencia mientras nuestro vecino no tiene siquiera un lugar donde resguardarse, donde cobijarse. Creemos realmente que la felicidad está en los objetos materiales, pero estamos muy equivocados. Ojalá un día nos demos cuenta de que nos estamos perdiendo lo único verdaderamente importante y esencial: la empatía con la persona que tenemos enfrente. Ya sabéis lo que decía Brecht: Ayer, hoy es nuestro vecino que no tiene nada que ver con nosotros, pero mañana podemos ser cualquiera de nosotros. 

Según el científico Richard Davidson: Una mente en calma puede producir bienestar en cualquier tipo de situación. La empatía es la capacidad de sentir lo que sienten los demás. La compasión es un 
estadio superior, es tener el compromiso y las herramientas para aliviar el sufrimiento. He visto que la base de un cerebro sano es  la bondad, y la entrenamos en un entorno científico, algo que no se había hecho nunca. Cultivar la amabilidad es mucho más efectivo  que centrarse en uno mismo. 

Ante este mundo deshumanizado y robotizado está el teatro, ese directo irrepetible e imposible de ser sustituido por máquinas, esa historia de amor y pasión incondicional, el lugar al que vamos cientos 
de veces para soñar, para pasarlo bien, para encontrar quizás más preguntas que respuestas, porque si hay algo seguro es que el teatro es donde empiezan los sueños y las pesadillas. 

Decía Hamlet al actor: Ajusta la acción a las palabras y las palabras a la acción... porque no hacerlo se opondría a la razón de ser del teatro, cuyo fin, desde sus principios hasta ahora, ha sido y es, sostener un espejo que muestre a la virtud su propio rostro, al vicio su verdadera  imagen, y a la misma encarnación del tiempo su carácter y su sello.

El teatro ha compartido a través de su lente pavorosa las perversiones y miedos más latentes y universales del ser humano moderno: la  muerte, la incomunicación, la agresividad, la incertidumbre, la influencia de la historia en nuestras almas, la infidelidad… estos temas van y vienen en un discurso que nos habla siempre de todas las personas, de lo que somos o podemos llegar a ser. O bien, de lo que hemos sido en nuestros más oscuros sueños.

Carme Portaceli